Uno de los recuerdos más claros que tengo de mi niñez es verme parado sobre una mesa cantandoToda La Vida, de Emmanuel. Cerraba los ojos y hacía fuerza al hablar, movía las piernas y con las manos trataba de hacerme su copete. Cosa graciosa esa, tengo el recuerdo de hacer el ridículo pero no de como era mi peinado normal.
Conforme fui creciendo ya dejé de cantar música en español y me pasé al inglés en un balbuceo alucinante que solamente era apreciado por mi madre. Mis hermanos, fuertes criticos, nunca entendieron lo que yo decía pero ahora, toda una vida después, soy yo quien puede hablar el idioma mientras ellos me piden ayuda con traducciones. Pensándolo bien puede ser gracias a la música, quién lo creyera. Recuerdo cantar canciones de Michael Jackson y luego Queen. Siempre las más conocidas. Cuando aprendí el valor de la vergüenza dejé de cantar, al menos en público, pero me siguió sonando la idea de ser rockstar cuando grande. No sabía bien que tenía que hacer, así que ni me esforcé pero jugué a pretender ser uno, a ser como Freddy Mercury pero sin el pantalón blanco ni la dentadura gigante. Todo eso antes de cumplir diez años. Creo que es una de las cosas típicas de la niñez que puedo recordar con claridad: no quería ser un héroe, ni abogado, ni bombero sino cantante. Fue, tal vez, la única vez que supé con certeza qué hacer con mi vida.
Luego llegaron otros ídolos y todos con una guitarra en las manos o chicaneando su sensibilidad con un piano, tal cosa por aquí o por allá. Tengo un problema con eso: las ganas de aprender a tocar un instrumento murieron el mismo día que llené de saliva la flauta que tenía por ahí. Me prometí no volver a soplar una y maldije para siempre cualquier aparato que significara algo parecido. Si tuve algún talento para eso ya no podré saberlo. A lo mejor el mundo se ahorró una decepción o, por el otro lado, si entro en coma solo se va a enterar la familia y nadie más. La pereza mató, practicamente, cualquier sueño que pudiera tener desde pequeño. Pero se agradece, porque con la pinta que me gasto solo alcanzaría para artista indie o acordionista guapachoso. O ambos.
En estos días, ya adulto y toda la vaina, lo único que puede lograr mi interés por eso son los videojuegos. Pero ni así logro sacar un puntaje decente para Barracuda. Es solo que, a veces, me dan ganas de aprender a tocar la guitarra para desquitarme.
Pd: Otra de las cosas que dio la vida en compensación a mis conciertos fue saber que podía confundir fácilmente a Emmanuel con Emmanuelle, la protagonista de una saga de películas con su mismo nombre. Todas ellas muy bellas. Tenía un gran corazón, Emmanuelle, y lo vivía demostrando. Por lo menos no vivía de despechos como el cantante ese.
Siempre me acuerdo: En un bar, un sitio de esos cerca a mi casa, una vez estuve con un amigo hablando mal de muchas cosas, personas, eventos y situaciones. A lo mejor de usted, pero no se fije. Nos bajabamos unas cervezas grandes y baratas escuchando música y agotando temas. No había gente. Las sillas eran cómodas pero el ambiente no se sentía. En la barra atendía una muchacha de gafas algo bonita, ya no recuerdo bien. Peleaba con el novio, el administrador del lugar. Habían dos parejas, una que se agarraba la piel que iba escapándose de la ropa y otra que no tenía nada de química. Ella enviaba mensajes por celular mientras él tomaba de una botella no-recuerdo-qué e iba al baño, volvía y ella tenía ganas de irse pero no decía nada. Las dos parejas que no pertenecían al lugar, una por desespero y la otra por pura arrechera, pero seguían ahí, como mi amigo y yo. Llega una tercera pareja. A nosotros nos da envidia, no por la belleza de las acompañantes, que no era el caso, sino por que por lo menos tenían la oportunidad de tener algo distinto a rajar de los demás y hablar mal de las mujeres. Tantas cosas que hablábamos y envidiábamos la compañía. Pero somos buenos amigos, así que no dijimos nada.
La última pareja era particular. Ella estaba vestida con chaqueta y pantalón de cuero, un chaleco de jean y una blusa de color negro; delgada, poco maquillada y con unas botas de tacón más bien bajo. Poco bonita, de piel blanca y ojos oscuros, mucho. Bastante más joven que el tipo, un muchacho, que era un cliché ambulante: flaco, estirado, con el cabello largo y desordenado, la mirada perdida, narizón y la manzana de adan que se notaba hasta en esa oscuridad. Ella se lo quería comer, obvio, pero antes estaba el trámite ese de conquistarla. Le daría esa oportunidad. Lo miraba casi como una madre a su hijo, lo que acentuaba mucho más la diferencia de edades. Él trataba de hilar dos frases seguidas pero no lo lograba, ella sonreía para no hacerlo sentir mal. Estaba trabado, era obvio, y a ella le daba risa ese estado. Pidieron dos cervezas, nosotros también, y nos quedamos callados. Simplemente observamos la farsa, como ella con movimientos y palabras trataba de generar en él algún sentimiento que no fuera esa petardez que lo invadía. Suena un celular, el de ella, habla en voz alta diciendo que está ocupada y que no la jodan más. Se van aclarando las cosas, todo, las intenciones un poco pero el muchacho sigue perdido, nublado. Se para al baño, a tientas llega allá y se demora. Ella prende un cigarrillo, afuera, mientras habla nuevamente por el teléfono. Manotea, zapatea, deja el cigarrillo a medio acabar en la calle junto con la conversación y vuelve a su lugar, luego se sienta esperando calmarse. Sale él, un poco mejor. Puede llegar por sus propios medios a la silla dónde estaba y le sonríe. Se contagian mutuamente. Trata de establecer contacto con él. Le toma una mano mientras suenan los primeros acordes de la canción. El tipo levanta la mirada al televisor. La reconoce. "yo sé cuál es" dice y ella siente algo de felicidad. "es una tonada toda triste" completa, y nosotros nos cagamos de la risa, perdemos la compostura y nos tapamos la cara con lo que vemos por ahí. Ella le retira la mano, pide la cuenta y se va, furiosa. Él no acaba de entender, trata de seguirla pero al final no pudo encontrarla.
Es difícil eso cuando uno sueña que se muere, y lo peor de todo es que uno se muere y ve a todo el mundo como contando los minutos para que el moribundo (es decir: uno) cierre los ojos, o estire la pata, todos con cara de aburrido en reunión o algo así. Como con una película muy larga o un trancón de esos de esta semana.
¿uno por qué se soñara que se muere? ¿es acaso una tendencia suicida o simple aburrimiento de la vida? Tal vez es una manifestación de la puta monotonía o, mejor aún, que las cosas cambian pero para peor, como si esa sensación de bienestar se alejara más y más con ese tedioso paso del tiempo. Y es entonces ver fantasmas en todo lado como si de verdad tiempos mejores fueran de otra vida, o una ficción que uno leyó por ahí, o esa serie, o esa película. Todos lugares comunes con otros protagonistas. Cómo nos cambia la vida.
La imagen esa es devastadora. Uno acostado viendo para el techo y ahí caras conocidas de personas que uno quiere mucho. Uno cerrando los ojos a pesar de querer conservarlos abiertos, la gente mirándolo a uno sin entender cual es la lucha, lo que uno hace desde dentro del cascarón para continuar con vida y en eso se da cuenta que la gente solo mira, sin cara de extrañeza, como si uno morirse fuera lo más natural del mundo, que lo es, sino como un trámite o simplemente una cosa necesaria. Ahí están los hermanos, la familia, los quereres y el amor mirando hacia abajo, hacia uno, sin hacer ningún gesto. Esperando. Imagínese a alguien esperando un bus, pero no a hora pico, sino en cualquier momento. Esa cara. Todos con esa cara, y uno con ganas de llorar, de levantarse y explicar que es difícil uno morirse con tanta gente viendo y, sobre todo, sin importarle nada. Es muy feo eso de estarse muriendo y que al único que eso le parezca triste sea a uno mismo.
Es gracioso. La canción para el post era
Lo que contradice lo que está allá arriba. No quiero que nadie llore, que nadie diga nada, pero si quiero que sientan algo.
Cosa tremenda la indiferencia.
No me lloren pero por lo menos finjan tristeza, carajo.
El día que murió mi abuela el viejo, mi pobre abuelo, casi no sobrevive. Salvo unas cuantas noches en las que estuvieron separados por la vasta geografía de este país o por su mismo genio durmieron, siempre, en la misma cama. Él tuvo varios hijos por fuera de su matrimonio. Bastantes. Ella por su parte no tuvo sino los que conozco como tíos más una mujer, la mayor de todas, que falleció siendo una bebé todavía. Tenía apenas cinco años. Fue la primera mujer que tuvieron. Siguieron tres varones y, por último, mi madre. Ese día el viejo casi no puede dormir. Creo que quiso acostarse en otro cuarto y nos arreglamos todos como pudimos. Yo no pude entender por qué él tenía hijos que yo no conocía como tíos, y ahora no puedo entender como mi abuela no los mandaba a la mierda, a los bastardos junto con su esposo simplemente al acordarse de que existían.
Aunque recuerdo bien los eventos de la muerte de mi abuelo lo más que puedo decir es que su velorio fue algo discreto y su funeral un golpe para nosotros, su familia cercana. A lo lejos se veía a mis tíos haciendo el ademán de limpiarse los ojos debido a la tristeza de su padre fallecido, mientras más para el lado de acá mis hermanos, mi madre y yo sentíamos como se destrozaban en pedazos nuestros corazones al ver que bajaba el féretro a la tierra, que se perdía para siempre esa persona con la que vivimos toda la vida, siendo sinceros. A mi abuelo lo sepultaron, catorce años después, junto con mi abuela. Ella después de muerta lo siguió esperando, esa fue su voluntad y no algo que yo me haya inventado. Me gusta imaginármelos peleando en el cielo, o en el más allá, luego de cocinar ella la comida para él, y luego éste tocarle mil canciones en su tiple. De mi abuelo tengo un recuerdo muy vago, ya no sé como era su voz. De mi abuela todavía tengo en mis manos la sensación de calor que tenía cuando me enseñaba a escribir; me acuerdo de su sonrisa temblorosa y sus gafas gigantes.
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Andrea tiene veinticuatro años. Lleva casada cinco meses. Habla de su esposo con una sonrisa franca, tratando de ocultar eso inmenso que siente porque piensa que es algo increíble todo lo que les sucede. No habían cumplido tres meses con su novio cuando decidieron casarse, sorprendiendo a ambas familias pero, por lo que cuenta de su día a día, las cosas van muy bien. La relación entre todos se forjó con una rapidez sin igual y está esperando terminar su carrera para poder tener un hijo. Todavía no entiende si su esposo es el amor de su vida, pero le hace promesas como si lo fuera.
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A mi padre no lo trato desde hace muchos años. Podría decir fácilmente que veinte, pero son más. Mi madre no ha tenido contacto con él salvo dos encuentros casuales en los que ha aprendido a esfumarse sin dejar rastro, sin que él se diera cuenta. Cuando estábamos en el colegio ella nos decía, nos recalcaba, que nuestro padre había muerto en Armero. Siempre que lo hacía nos daba risa, pero fue un hecho que se volvió cierto no tanto por la repetición como la prolongada ausencia.
Somos cuatro hijos, pero solamente tres recordamos algo de él. Tenemos una clave de ese pasado familiar que nos negamos a revivir. Mi hermano menor no lo recuerda para nada. Puede reconocerlo e identificarlo, pero nada más, lo cual a la larga es mucho mejor.
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De mi abuelo recuerdo que siempre llegaba en su carro antiguo con un tío y salíamos a todos a saludarlos mientras nos daban gaseosa y un roscón, o cualquier cosa que trajeran. Al irse mi padre el viejo asumió el rol de hombre de la casa, lo que en esa época, y aun ahora, significaba emborracharse cada día y llegar tarde, oliendo a alcohol, y otras veces totalmente embriagado a pelear con mi abuela y el que tuviera al frente. Muchos hablan de la única vez que mi abuelo estrelló en su camión: le pasó porque iba sobrio. Otros dicen que cuando le diagnosticaron principios de cirrosis dejó de beber hasta el día de su muerte. No tuvo que prometérselo a nadie, ni se jactó de mantener su palabra en ese juego de honor que puede resultar tal cosa, no, lo hizo porque entendió que había llegado demasiado lejos con ello y todos los cuentos que en el pueblo le atribuyeron estando tomado desaparecieron al ver que dejó el trago simplemente porque le dio la puta gana. Así como en el oeste existieron un sinfín de historias acerca de forajidos feroces, en la tierra de mi familia se extendía la leyenda de mi abuelo.
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Mi madre lava, todavía, unas prendas a mano. Cuando lo hace se quita su argolla y la guarda en un lugar que siempre recuerda. Lava, restriega, juaga, y cuando termina se la vuelve a poner. Puede dejarla en otra casa, en un bolsillo secreto del carro, en un cajón de los tantos que tiene su armario: siempre sabe dónde está. Puede perder su celular, no saber dónde deja el reloj y botar dinero, generalmente, pero nunca pierde de vista ese anillo. Es más: no tiene que verlo, ni olerlo, para saber en qué lugar se encuentra. Alguna vez le pregunté por qué seguía usándolo, solamente me respondió con una mirada fulminante que escondía una sonrisa. Mi madre nunca buscó otro hombre, pero ellos la buscaron por un tiempo hasta qué sacó espantado a un tipo que le prometía hacerse cargo de todos sus hijos y asegurarles un futuro. A ella no le causó gracia pensar que otra persona fuera a influenciarnos tan directamente de la manera en que ella no quería. No fueron pocas las veces que peleó con su esposo por nuestra educación y su comportamiento con nosotros, y si eso era él que la había pedido en matrimonio qué podía esperar alguien que prometía palabras vacías, así que no volvieron a hablar nunca y ella desistió de algunas reuniones sociales que organizaba su mejor amiga. Recuerdo estar en una de ellas. Fue la única vez que la vi bailar.
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Escondidos en lo alto del closet se encuentran, por lo menos, unos quince álbumes con fotografías. Hay unas que siempre han sido antiguas y otras que fueron ganando esa característica con los años. En muchas de ellas hay gente que no conozco, que nunca reconozco a menos que me digan cómo se llama y, más importante, quiénes son. Desde pequeño pregunté con toda la terquedad del caso pero nada que me aprendía los nombres. Veo a mi abuelo, que fue igual desde pequeño hasta el día que nos dejó; a mi abuela que demostró siempre una belleza sin igual. También una muchacha de cabello hasta la cintura, seria, con un niño de la mano caminando por el centro de la ciudad. Mi mamá. Su mirada no ha cambiado mucho. Se parece a mi abuela, lo cual no le hace nada de gracia.
Generalmente esas fotos vienen todas en blanco y negro, no por un golpe de ingenio sino porque para entonces era lo único que había. El matrimonio de mis abuelos parecía en un pueblito cualquiera con casas de ladrillos, vestidos oscuros, con hombres que sonreían con mesura y sus mujeres relucientes, unas completas damas. La elegancia general contrastando con el piso que era tierra pura, el progreso era algo que no se imaginaban iba a llegar. Disfrutaban el momento, el estar ahí. Mi abuela murió cuando era solamente un cagón y de mi abuelo se contaron tantas cosas, la mayoría dichas por él y ratificadas por muchas personas más, anécdotas pequeñas para siempre en su boca que fueron convirtiéndose épicas con los hechos que relataban los demás, era tan grande su sombra, su vida y obra que resultaba casi improbable preguntarle por algo tan simple como su matrimonio.
Hay menos fotos de la boda de mis padres. En todos los álbumes está detallada la vida de toda la familia menos de ese evento tan importante para mi madre. Presumo una sencillez en todo ese acto y el dolor que le debió significar no poder recordar las cosas y las historias que narraban cada una de las fotografías que nadie sabe dónde se encuentran. Cuando pequeño me gustaba preguntar por toda la gente, por todas las cosas que veía, era un mundo extraño y para cada pregunta llegaba la respuesta oportuna, eran relatos asombrosos y conmovedores que aprendía de todos ellos, de mis abuelos, de mi madre. Con el paso del tiempo fueron narrando más despacio, describiendo los hechos con lo justo pero siempre más ricos en matices porque cada rostro representa ahora una vida y sabe uno con certeza quién era Alberto, por ejemplo, o una Inés que se morirá siendo muy bonita, una señora que aparecía allá detrás de todos nosotros. Los lugares salen de una esquina remota de mis recuerdos y ya no es increíble haber estado ahí sino que algunos olores o sabores se asocian con cada cosa. Llega uno a la edad en que recordar no es sentir nostalgia sino revivir todos esos momentos.
Me pregunto si Andrea se ensucia los dedos de alguna manera al ver las fotos toda esa ceremonia, la majestuosidad de la recepción. Creo que ella todavía conserva en su boca el sabor dulce de la luna de miel, y sí algo aprendí es que eso permanece toda la vida. Yo, la última vez que escarbé terminé con mis manos negras. Pero valió la pena, no solamente encontré lo que estaba buscando, pero mucho más.
De esos libros, que son tal cosa, sé lo que más conozco de los matrimonios, de ese sacramento. Me enfurece ver en la televisión y en la vida misma como se ha desprestigiado al punto de ser algo netamente publicitario. De esos libros, mis favoritos, aprendí que el matrimonio es algo que dura para siempre y que es difícil de romper, de quebrar, de deshacer por más que uno se empeñe. Hasta el último segundo mi abuelo fue viudo, hasta este día mi madre sigue casada, esquivando siempre cualquier otra oportunidad no por lógica sino por una cuestión de principios. De esos libros, los más tristes que me han leído, aprendí que la vida es un mar de mierda con momentos inigualables y que las sonrisas quedan siempre no plasmadas en una hoja ni en un archivo digital, sino en el alma de las personas. De esos libros geniales como ninguno aprendí que el matrimonio puede ser pesado, una carga, doloroso y más real de lo que hablan los cuentos de hadas.
De todos esos libros, de la vida de mis seres realmente amados aprendí que ese acto que es entregarse y prometerle amor eterno a una persona debe realizarse de una manera perfecta para no olvidarla, para que quede ahí y de fuerzas para seguir adelante, para que pueda uno pasar la página e ir llenando uno su propio libro, su propia libreta, su propia agenda o su propio blog.
Yo siempre renegué del matrimonio, pero es porque lo respeto mucho. Yo, con lo torpe que soy, con lo impuntual que he sido desde siempre me resultaría completamente imposible prometerle a alguien una boda perfecta e inolvidable, pero seguramente llegara ese día en que esa persona me haga hacer lo imposible para que sea el día más feliz de nuestras vidas.
Uno generalmente escucha música para cambiar el ánimo, cuando es necesario, o para hacer que siga, que no termine. Alargarlo. O uno es muy básico o la música muy poderosa.
Cuando estoy triste pongo muchas canciones que logran ese objetivo, así que prefiero poner una sola y dejar que usted la escuche mientras se viene el otro post.
Yo sé, por ésta oportunidad lo defraudo más que de costumbre pero espero redimirme con la otra canción que sigue.
Ya faltan pocos días, ya casi vamos a descansar.
Pd: Podemos decir que la historia que acompaña la canción es mi timeline en los días turbios, que los hay.
La felicidad bien puede ser comer una hamburguesa y salir con las ganas de manejar toda una tarde y entonces esperar a encontrar un carro que tenga la actitud que uno quiera, luego de ahí, desde García, ir hasta Las Barrancas en ese Savanna pasando por el puente Gant, la ruta más larga, a toda velocidad sin importar que el auto se esté cayendo a pedazos de tanto chocarlo, sin importar que salga humo de su motor, que atrás venga la policía disparando y alertando que debe detenerse, que caiga la tarde y que el firmamento en el cielo parezca real, o uno quisiera eso, y que el tráfico no sea tan pesado como uno espera.
Luego llegar a Bayside, darse cuenta que el Savanna no puede un kilómetro más y estrellarlo contra la primera casa que encuentre, tomar prestado un Stallion y atravesar Tierra Robada por la carretera un rato y otro por el desierto, sin prisa, sin ninguna preocupación aparte del clima que no cambia mucho, que no hay que cumplir un horario pues uno mismo llega al lugar que quiere pues se goza de una libertad, la única que puede uno tener sin otro riesgo a que lo persiga la ley, pero eso mismo tampoco es para tener miedo. Esa pequeña libertad que viene enfrascada en la ficción que le venden a uno y que se puede disfrutar con los pulgares y otros dedos, esas cosas que lo llevan a otro lugar a otro tiempo a otra realidad que es mucho más pequeña que la propia; una que puede hacer que uno sea un personaje cualquiera en una historia ajena, no acostumbrado a las cosas cotidianas sino sacándolo de ellas y tal vez ahí está su valor.
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Bonus tracks
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Se pueden ahorrar el: Claro, uno no es tonto. Que entonces cuente algo que uno hizo en un juego, perder el tiempo de esa manera, usted y yo: uno que pretende vender una experiencia viendo un televisor y apretando unos botones, como si fuera un animal, porquesqué usted no tiene vida señor y recurre a esas cosas y viene a tramar con esa postura fácil y entonces no se lo acepto, que no, porque si usted recurre a ello es porque su vida es aburrida y entonces no sabe bien que es la felicidad porque tiene que simularla, que está loco efectivamente porque no puede sacar cosas de la cotidianidad y contarlas acá, que no valora las cosas que le pasan ni es agradecido ni nada de eso, como no, tipo amargado y estúpido.
Es que es sencillo: la banda sonora sale exactamente de ese momento en ese juego de un sábado hace muchisímos sábados y desde ahí pues la tararea uno, la carga en el celular y la escucha porque, pues, ese es el humor que tiene esa canción para mí. Podría poner música de Jon Brion o Brian Eno o lo-que-fuera y explicar que a diario el celular suena con la parte que más me gusta de Empire Antspara pensar súbitamente que la llamada trae buenas noticias, lo que suele suceder, o que me gusta cuando habla uno con alguien y esa persona (ponga la que quiera: madre, hermano, amigo, moza, perro, gato) no pueda hablar de la risa es suficiente, o que el sobrino le diga que hace parte de la selección de su escuela de fútbol o ver al chiquitín escribir su nombre completo por primera vez sin soltar el lápiz ni dudarlo, o sentir que Enzo, ese amigo fiel desde el día uno viene saludando con la cola desde antes de abrir la puerta, o que este otro se graduó, o que esta otra tuvo una buena nota, o que mire esa oportunidad que se le presenta a alguien, o mire que se va de viaje para las estranjas, o que esta otra sale con alguien y se le siente F E L I Z, o que al de allá le celebraron, o que le hagan un cumplido a uno por cualquier vaina, o hacerlo y sacar sonrisas: es que en general uno vive contento, que no es felicidad propiamente, pero cuando uno está así pues que carajos, que hijueputas.
Yo no sé, pero me parece que hay distintas clases de emputadas. Las hay que llegan acompañadas luego de un vacío, una tristeza; otras que simplemente se vuelven una calma que es fácil de asimilar; que lo hacen reír a uno de manera malsana, deformando la cara, en un gesto de pura locura y ya, listo. Creo que hay tantas emputadas como formas de emputarse. Ahí facilitan las cosas la familia, el trabajo, el dinero, el clima, la comida, la imposibilidad de atender o desantender una invitación, la visita que no se va, la visita que no llega, el que está que sigue presente pero que uno quiere que se vaya para extrañarlo, el que jode cada cinco minutos, el que se emputa solo porque quiere, el que lo hace con una facilidad espantosa y el que nunca se emputa pero que cuando lo hace es mejor esconderse, entre otros. Ahora está de moda hacerlo a distancia. La virtualidad trae nuevas maneras de hacerlo y como no nos detenemos a mirar algunas cosas, porque uno a veces simplemente no puede vivir en paz, por eso leer, o buscar cosas que lo vivan afectando de esa manera es un comportamiento ya hasta de lo más normal, entonces ahí están las dos partes que se necesitan para eso, el hambre y las ganas de comer, mejor dicho. Y eso es un mal de todos, que no le haya pasado no lo hace mejor, solamente que está cada vez más cerca de hacerlo, de caer en esa tentación.
Antes escuchaba menos música, ahora más. Más de la misma. Antes no podría saber cuál canción poner para acompañar la sensación, pero otras sí.
Por ejemplo.
No creo tener ahorita una historia asociada con la canción, solo las que escucho para seguir alimentando el sentimiento ese. Uno es así.
Hace ya casi como dos años (sentí un terrible escalofrío escribiendo eso, pasa el tiempo rapidísimo) tenía una costumbre sana con unos cuantos amigos. Un día cualquiera en cada mes nos reuníamos a almorzar por ahí, aprovechando que todo nos quedaba más cerca. Generalmente yo organizaba a la gente, la llamaba, la ponía de acuerdo. Pocas veces nos quedaban mal, y sabíamos que a otras personas no les quedaba fácil llegar, así que no las obligabamos pero por ahí llegaban. Casi siempre yo me encontraba con una ella (recuerde, de puras ellas hablo acá) antes que con todo el mundo, y me hacía el favor de subirme el ánimo solamente estando allí mientras yo huía de mis jefes a medio día y me reunía para comer y pasarla bien, que era lo realmente importante.
Con esa ella hablabamos mucho, nos volvimos costumbre escucharnos por teléfono y compartirnos cosas, más que nada alegrías, que abundaban en la época y ya. Se podía sentir una armonía en todo eso. Dejamos de hablar, y entonces viendo y recordando todo lo que ha pasado se da cuenta uno que el tiempo sí que deja sus huellas por ahí, y es difícil igualarle el paso. Sí, que uno cierra los ojos y ya no sabe que pasa, algo así. Eran otros tiempos, eramos otras personas y, sobretodo, era otra la ciudad.
Una de esas veces me reuní con ella temprano, como habíamos acordado y la acompañé al banco. Quedaba a una cuadra de mi oficina. Nos saludamos con el hola mi chino y el sumercé linda que salía automáticamente con su abrazo incorporado. Nos veíamos pocas veces, así que el abrazo se daba corto pero fuerte, para refrendarlo hasta una próxima ocasión. Así era siempre. Bueno. Fuimos hasta allá, sin hacer fila ni nada y cagados de la risa por algo de la cajera que nos iba a atender, alguna barbaridad habría dicho. Al volver la calma ella sonrió mostrando los dientes blancos, quedaba siempre tan bien que parecía que mostrara una foto de ella misma contenta, me pasó un audífono y empecé a escuchar la música que traía. No voy a decir nombres, ni grupos, pero sonaron tres canciones que yo le pasé durante todo el tiempo que hablamos, de lo cual van a ser años ya, y ponía una cara como de orgullo mostrándome que apreciaba las recomendaciones que le hacía. Todas esas las escuchaba casi que por culpa mía.
Fue bonito.
No hubo luego promesas de ningún tipo, pero la ausencia se prolongó tanto que a ratos duele el no saber cómo está esa otra persona con la que almorzaba a veces, con la que hablaba por teléfono. A los pocos meses salí de ese lugar, del trabajo, me quedé sin empleo, y no recuerdo con claridad rostros de esos compañeros, tampoco creo que se me ocurran sus nombres si voy de visita porque esas cosas son hábitos pendejos y treguas que uno hace con la vida para que sea más llevadera, la compinchería de turno con una persona de la cual no conoce mucho pero que alguna vez se atrevió a decirle amigo en aras de pasar bien todos esos días que se volvieron toda una vida.
En cambio yo podría recordar que canción sonaba ese día porque obvio me gustaba antes a mi.
Y me gusta.
Y la escucho.
Y no recuerdo bancos ni ojos claros ni sonrisas, recuerdo que me gustaba y la compartía.
Pd: El álbum es Demon Days. Puede bajarlo, porque no lo va a comprar, o puede escuchar la presentación en vivo que hicieron y se encuentra en youtube. Dura poco más de una hora. No es compromiso, pero ahí queda.
Yo a veces para los partidos de fútbol. Yo qué hago, me gusta. Soy creyente, mas no fanático.
Otras por las noticias, los programas radiales por la mañana. Es un vicio que nació el mismo once de septiembre de dos mil uno. Ponía a ratos radioactiva hasta que en ese día el esposo de mi jefe gritó que habían bombardeado Nueva York, cambié de emisora y desde ahí, salvo un periodo corto, me volví oyente de W Radio. Esa vez hasta en radioactiva narraban los hechos del fin del mundo, todos aterrados por algo que sucedió en el país más importante, en la gran América.
Y mire que eso fue hace tiempo ya. Por esos días la gente se ocupaba mucho en hablar con la persona de al lado, porque el celular no estaba tan propagado como ahora, y solamente unos pocos usábamos audífonos la mayoría del tiempo. Esa cercanía, la solidaridad con el compañero de turno tomaba una forma rara de interacción, de conversación con desconocidos. Ahorita se puede, pero como muestran las películas: nace una conversación por apartes de una canción o algo muy genérico que uno trata de darle valor: que la serie esta de televisión, un filme de este otro tipo que me resultó interesantísimo. Es decir, uno pide un mínimo de cultura que conocida para poder darle al otro ese privilegio que es escucharlo a uno. Un tío que tengo se pega hasta de una mosca para conocer gente en cualquier ocasión. Eso ya no se ve. Ahora uno sale a la calle y todos somos tratando de comunicarnos con gente que está lejos, obviando al de enseguida. La comunicación existe pero se exagera en todos los sentidos porque ahora sí se lleva uno literalmente a un montón de gente encima sin reparar en los demás, esa obsesión por saberlo todo por un numero de contactos, que no son todavía gente siquiera, sin importar nada más. Estamos acostumbrados todos a que lo inalcanzable está lejos, o seguro pensamos de esa manera, que lo que vale la pena se encuentra a distancia y no a la mano. Recuerdo una de las primeras veces que usé el transmilenio, era tal vez el único con audífonos y me iba sonriendo y pensando que era invisible, comparándolo con estos días es lo mismo, pero ya los que tienen esos cables colgados de las orejas no son visibles sino que no ven, los de a pie son quienes se dan cuenta del mundo mientras los otros consideran que el universo, o lo único que les importa es algo que cabe en la palma de la mano. Y así vamos todos. Los que escuchan radio son los que van en el bus, los demás son tan sofisticados que no les importa pasar hasta mil veces la misma canción en solitario, sin importar su género.
Es por eso que yo hace rato que no escucho una canción en la radio. Solía hacerlo, pero entonces uno ahora programa lo que quiere escuchar en el celular o en una página o en el ipad o el ipod o cualquier cosa, dependiendo de su capacidad (economica, intelectual, escoja usted) y es ahí, justamente ahí que se da cuenta que hay canciones que uno recuerda que por algún accidente escuchó en una emisora cuando esas cosas se usaban.